La psicología del ahorro

Imagen: Adcolima

Por: María Eugenia García, Jesús Martínez y Jerelyn Figueroa*

Caracas, 08 de febrero de 2021

La economía como ciencia social se relaciona tanto con las ciencias exactas como con las humanidades, de esta última, una de las que ha tenido, de forma reciente, mayor acercamiento al estudio económico es la psicología. Es así como han surgido campos de estudio que combinan ambas disciplinas como lo son la economía conductual, que estudia los efectos de los factores psicológicos, cognitivos, emocionales, culturales y sociales de las decisiones económicas de los individuos o bien la neuroeconomía, que toma conceptos de la neurociencia, la biología y la psicología para entender cómo el cerebro toma decisiones.

Existen pues muchas relaciones entre economía y psicología, unas de ellas más evidentes que otras, por ejemplo, el ahorro, aspecto central de la teoría del consumo. Ahorrar supone todo un reto, y su dificultad no depende netamente en el ingreso, sino también en las barreras psicológicas a las que nos enfrentamos como individuos: Nuestras preferencias, nuestra aversión al riesgo, los sentimientos, nuestro entorno social… Cada uno de nosotros, como personas distintas que somos, aplicamos una lógica distinta y tenemos una perspectiva distinta en relación al ahorro, sin embargo, en líneas generales, se puede desprender la idea de que el ahorro en cantidades adecuadas es positivo para el individuo y a su vez, para la economía. En este artículo te explicamos el porqué.

Teoría económica del ahorro

En primer lugar, es importante entender qué es el ahorro. El ahorro es aquella parte de nuestro ingreso o renta percibida que decidimos no consumir en el presente, acumulándola para el futuro. La teoría económica define al ahorro como el ingreso menos el consumo. En su forma más básica, el individuo decide siempre entre la disyuntiva primaria que es consumir o ahorrar. Consumir más significa ahorrar menos y viceversa. Por consiguiente, la acción de ahorrar acarrea per se un coste de oportunidad, pues la mayoría de nosotros prefiere consumir hoy. Ante la incertidumbre del futuro, parece ser más sensato asegurar nuestro consumo en el presente y no esperar.  Es por ello también que el ahorro, para hacerse más atractivo, recompensa ese coste de oportunidad. Por ejemplo las cuentas bancarias de ahorro, que devengan una tasa de interés en función del tiempo y la cantidad de dinero depositada en la cuenta. Pero incluso puede que esto no aplique en todos lados, puesto que la evidencia señala que los efectos positivos de las tasas de interés sobre el ahorro son escasos y difíciles de encontrar (Dornbusch, Fischer y Startz, 2009).

Más allá de nuestra propensión al consumo hoy, mañana no queremos dejar de consumir tampoco. Por ello, parte del ahorro también es preventivo, se hace para precaverse de malas épocas. En otras palabras, los ahorros se usan como reserva de seguridad, que se acrecienta en las buenas para mantener el consumo en las malas.

La teoría moderna del consumo se divide en dos grandes teorías que han terminado fundidas casi por completo: La hipótesis del ciclo de vida y la teoría del ingreso permanente. La hipótesis del ciclo de vida, propuesta por Franco Modigliani, parte del supuesto que la gente ahorra lo suficiente para financiar su retiro. La propensión al ahorro depende, pues, de la edad de la persona. Sin embargo, también cuentan otras metas del ahorro, como dejar herencia a los hijos.

Por su parte, la teoría del ingreso permanente, postulada por el economista Milton Friedman, afirma que el consumo se relaciona no con el ingreso actual, sino con un cálculo del ingreso de largo plazo. El ingreso permanente es la tasa continua de gasto que puede mantener una persona durante el resto de su vida, dada su riqueza actual y el nivel de ingreso de ahora y del futuro (íbid., 2009, p. 324). Por lo tanto las propensiones a consumir y ahorrar se mantienen constantes respecto a ese ingreso permanente.

Ambas teorías implican que se ahorra más cuando el ingreso es mayor en relación con el ingreso promedio de toda la vida y viceversa. También que los individuos planean su consumo y ahorro en periodos prolongados, con la intención de distribuir su consumo de la mejor manera en el decurso de toda su vida.

Ahorrar… ¿para qué?

El ser humano como ente racional usualmente presenta la tendencia a pensar a futuro, prevenir diversas situaciones coyunturales y buscar siempre darle una respuesta a las distintas situaciones adversas que puedan presentarse en el transcurso de su vida. Es por ello que desde el punto de vista psicológico, resulta vital el analizar y visualizar que tanto incide la mente humana en el conocido “ahorro”. En la psicología existe un área encargada única y exclusivamente al análisis del hábito que poseen muchas personas pertinente a ahorrar o decidir no hacerlo, en donde se abordan inclusive temas relacionados al inconsciente.

Willian James (1890) es uno de los autores que toca tal tema, este afirma que uno de los instintos básicos de las personas es la apropiación o adquisición, lo cual se ve reflejado en una de las conductas más evidentes de la edad infantil cuando los niños sienten la necesidad de apropiarse y sentirse dueños de diferentes objetos que le resultan atractivos. Desde ese momento, se puede afirmar entonces que, el ser humano comienza a dejar en evidencia la necesidad instintiva de contar con objetos materiales que resulten de su propiedad y pueda almacenarlos o utilizarlos a conveniencia. Por ejemplo, lo esperado es que un niño querrá todos los juguetes que pueda adquirir siempre que se le pregunte, inclusive si no los va a usar en el momento preciso sino que muchas veces los necesitan para “más tarde”, pero el mero hecho de saber que lo posee y está guardado en algún lugar seguro le genera una cierta tranquilidad. Un tanto parecido a lo que hacen los adultos al poseer ahorros ¿no?

Otro aspecto relevante es que, al ser un impulso que puede resultar tan instintivo se vuelve vital el hecho de incorporar una adecuada educación financiera desde temprana edad. Todo esto con el objetivo de que de esta forma los individuos hagan consciente la razón de ser de dichos impulsos, le dan cabida y los regulen de la forma más óptima posible, porque como es bien sabido, el ahorrar no debería de hacerse sin sentido o razón alguna, pues un ahorro sin razón podría resultar incluso hasta frustrante al restringirse a sí mismo de diversas cosas sin una razón aparente. Por lo tanto, se podría llegar a hipotetizar incluso que mientras más clara esté la razón para el ahorro, más sencillo debería ser llevarlo a cabo y mantenerlo.

Es importante mencionar que ahorrar no solo implica no consumir parte de nuestro ingreso en la actualidad. Lo interesante del ahorro es que el individuo se enfrenta día a día a decisiones, y a su vez, en paralelo, tiene metas y objetivos personales por cumplir. Por lo tanto, lo ideal es focalizar las decisiones financieras en la consecución y logro de las metas previamente fijadas, planteándose objetivos para llegar a ellas y planificando y sistematizando un plan de acción en el cual todo lo ahorrado cumpla con un propósito: servir de fondo para la educación de nuestros hijos, comprar un vehículo, formar una empresa, etc.

El ahorro es un actor clave en la vida económica de cada uno de nosotros y depende de múltiples factores como la cantidad de ingreso que recibimos, la frecuencia, nuestro historial financiero, es decir, repetir conductas ahorrativas de nuestros padres, de nuestra generación, o de sucesos puntuales: por ejemplo, las economías europeas tienden a ahorrar más, debido a la experiencia de las numerosas guerras a lo largo de su historia y la falta de producción, obligando a los ciudadanos a subsistir con lo que tenían ahorrado o el caso de Norteamérica, por ejemplo, en el cual, debido al alto costo, desde muy temprana edad, los jóvenes adultos hacen fondos de reserva y fideicomisos para financiar en el futuro la educación de sus hijos.  Algunos economistas sostienen que quizá las actitudes hacia el ahorro sean meras diferencias de temperamento nacional, pero la mayoría tiene todavía la esperanza de encontrar explicaciones económicas para estas actitudes.

El dilema de la frugalidad

A medida que vamos haciéndonos mayores, se nos habla de las virtudes del ahorro. Se dice que las personas que gastan toda su renta están condenadas a acabar en la pobreza. Mientras que a aquellos que ahorran se les promete una vida dichosa. Sin embargo esto no necesariamente es así a nivel agregado. Es interesante considerar que, en realidad, los países que tienen excesivos niveles de ahorro también enfrentan importantes dificultades. De hecho, un gobierno con grandes cantidades de ahorro posiblemente no esté invirtiendo eficientemente sus recursos en la economía.

Es fácil caer en el error de pensar que una economía es como una familia: si la familia recorta su gasto, es decir, ahorra más, pues podrá pagar sus deudas (lo cual en términos económicos, es una forma de ahorro) y tendrá más dinero en el futuro. De hecho, cuando los países tienen crisis, la prescripción usual es la austeridad fiscal, es decir, recortar el gasto del gobierno y aumentar los impuestos. La fórmula es simple, reduce tu consumo y ahorra el dinero adicional que estarás ganando. De esta manera, reducirás tu necesidad de endeudarte mientras equilibras tus finanzas. No obstante, la austeridad significa política fiscal contractiva y tanto la economía como la historia indican que esta medida, a la vez que dolorosa y políticamente impopular, no funciona para sacar a un país de la crisis.

Cuando los individuos ahorran más con su nivel inicial de renta, reducen su consumo. Pero esta reducción del consumo reduce la demanda agregada, lo cual reduce a su vez la producción. Si la producción cae, a nivel agregado, la renta percibida por los agentes es menor, lo cual, paradójicamente, reduce el ahorro. Eso significa que cuando la gente intenta ahorrar más, la producción disminuye y el ahorro general no varía. Este sorprendente resultado es lo que se conoce con el nombre de paradoja del ahorro (o paradoja de la frugalidad).

Esto es algo que a muchos cuesta entender ya que puede ser contraintuitivo. Caer en este error es un ejemplo clásico de “falacia de composición”, cuando se implica que algo que es válido para un individuo debe ser válido para un grupo, pero los economistas sabemos que esto no necesariamente es así y que una economía no es como una familia, puesto que el ingreso de una persona depende del consumo de la otra, amplificado por un efecto multiplicador, y si la economía ya está deprimida, consumir menos la deprimirá aún más. Por esta razón existen dos campos bien separados como lo son la microeconomía y la macroeconomía.

¿Esto significa que debemos dejar de ahorrar? No, en absoluto. Los resultados de este sencillo modelo son muy importantes a corto plazo. Pero en el medio plazo y el largo plazo, hay otros mecanismos que entran en juego, como la inversión, que con el paso del tiempo pueden ser conducentes a que un aumento de la tasa de ahorro aumente la renta (Blanchard, Amighini y Giavazzi, 2012).

Ahorrar en medio de la inflación

Una de las disyuntivas más importantes para las personas que viven en medio de escenarios de alta inflación es la decisión sobre si deberían ahorrar o no. Desde nuestra juventud se nos ha enseñado sobre las cualidades de ser una persona ahorrativa y no gastarnos todo de una sola vez, siendo esto símbolo de templanza y madurez. No obstante, ¿es realmente racional ahorrar cuando la inflación disminuye nuestro poder adquisitivo en la medida que pasa el tiempo? Para ilustrar, durante la hiperinflación húngara los precios doblaban en promedio cada 15 horas y se dice que en Alemania en 1922 las personas compraban dos cervezas, temiendo que al terminar la primera, la siguiente sería más costosa.

Más allá de estos escenarios extremos, la decisión, desde un punto de vista meramente económico, sería no ahorrar sino gastarlo todo lo más rápido posible. Pero haciendo esto, coartamos nuestra propia posibilidad de consumo futuro, disminuimos la calidad de nuestro consumo presente, al no tener el tiempo de optimizar nuestras decisiones económicas, y estamos más expuestos a la incertidumbre, ya que no tendríamos la posibilidad de mantener fondos destinados para imprevistos. Es que, justamente, uno de los efectos más dañinos de la inflación en la economía es la destrucción de la capacidad de ahorro de los individuos, puesto que la moneda pierde su cualidad de ser reserva de valor. Esta escasez de ahorro, si se hace crónica, podría en el mediano plazo influir en otras variables macroeconómicas, limitando así el crecimiento real de la economía.

Conclusiones

Como conclusión de este tema es importante destacar que el ahorro es un asunto multidimensional en el cual distintas disciplinas pueden tener explicaciones igualmente válidas y certeras. Contrario a lo que se podría creer no es algo meramente económico ¿la previsión ahorrativa viene codificada en nuestro ADN? ¿por qué algunas personas o culturas ahorran más? ¿por qué algunos se privan hasta del consumo por ahorrar? ¿otras especies ahorran? Son muchas las preguntas en este sentido.

Separándonos un poco de tecnicismos científicos y yéndonos más a lo personal, es necesario recordar que si bien el consumo actual es mucho más atractivo que el ahorro, tener siempre un fondo de emergencia, un fondo para cumplir nuestras metas y objetivos o un fondo para darnos gustos de vez en cuando es también necesario ya que, además de promover factores como la inversión en la economía, nos impulsa como individuos a tener una vida financiera saludable. A continuación presentamos al lector, ciertos tips que consideramos útiles para alcanzar sus objetivos financieros y personales:

  1. Sin objetivos no debe haber ahorro. Saber el qué, cómo y para qué ahorrar. Plantéate metas a corto, mediano y largo plazo
  2. Organiza tu proceso de cumplimiento. Establece un monto mínimo promedio para ahorrar de manera mensual
  3. No te enfoques en disminuir tus gastos, enfócate en incrementar tus ingresos
  4. Analiza los gastos, evalúa los pros y contras de los mismos, eliminando gastos innecesarios
  5. Ten un equilibrio entre las aspiraciones y la perseverancia: lo bueno tarda, aplica para todo
  6. Haz compras inteligentes: Aprovecha descuentos, combos, cupones, delivery y shipping gratis
  7. Considerar al ahorro un fin en sí mismo, verlo como un objetivo que traerá consigo la consecución de objetivos más grandes y significativos
  8. Si bien el ahorro es necesario, disfrutar también lo es, realiza compras y gastos conscientes que te ayuden en la consecución del mayor bienestar posible. Date lujos, pero también ten autocontrol
  9. En contextos de alta inflación ahorrar en la moneda inflacionaria no es una buena opción. La mejor opción es invertir, comprar activos o pasarse a una moneda que sea reserva de valor
  10. Ten en cuenta que la educación siempre será de las mejores inversiones: invierte en prepararte para el futuro, en aspirar a más y en crecer personal y profesionalmente.

*Jerelyn Figueroa: Estudiante del último trimestre de Licenciatura en Psicología y Licenciatura en Estudios Liberales de la Universidad Metropolitana, actualmente es preparadora de prácticas profesionales de psicología clínica  y voluntaria en la Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV). Puedes encontrarla en Instagram y en Facebook como @psiqueenlaluna

Puedes disfrutar este artículo en su versión audio:

Referencias consultadas

Blanchard, O., Amighini, A. y Giavazzi, F. (2012). Macroeconomía (5ta. ed.). Madrid, España: Pearson Educación

Dornbusch, R., Fischer, S. y Startz, R. (2009). Macroeconomía (10ma. ed.). México, D.F., México: Mc-Graw Hill

Krugman, P. y Wells, R. (2014). Macroeconomía (2da. ed.). Barcelona, España: Reverté

Psicogrupo. (2017). Psicología del ahorro. Recuperado de: https://psicogrupo.com/necesitas-ayuda-psicologica/adicciones/psicologia-del-ahorro/

William, J. (1890). The principles of psychology. New York: Henry Holt and Company.

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